Olivier de Berranger

La liebre y las tortugas

Hace cerca de 350 días, el 18 de mayo de 2020, Angela Merkel y Emmanuel Macron anunciaron una etapa de importancia transcendental para la construcción europea[1].

Tras años de vacilación en numerosos asuntos (política agrícola y exterior, energía nuclear, inmigración, etc.), la crisis del coronavirus ofreció por fin al eje francoalemán la oportunidad de lanzar una iniciativa inaudita: ayudar directamente a los sectores del mañana y a los países europeos en dificultades presupuestarias con préstamos a nombre de la Unión Europea. Un momento calificado por aquel entonces de «hamiltoniano».  Este plan de recuperación europeo, con una dotación de 500.000 millones de euros, vendría acompañado de préstamos por valor de 250.000 millones de euros.

Después de negociaciones interminables (que superaron la duración récord de la cumbre sobre la ampliación de la Unión de Niza en el 2000) con los llamados países «frugales», este plan, por un valor total de 750.000 millones de euros, evolucionó en julio de 2020: a un reparto de 390.000 millones de euros en subvenciones directas (financiadas con deuda común) y 360.000 millones de euros en créditos. A finales de abril de 2021, los primeros Estados miembros acaban de presentar sus planes nacionales (de varias decenas de miles páginas) con la esperanza de obtener los fondos «antes de que finalice el verano» según el ministro francés de Economía y Finanzas, Bruno Le Maire.

Contraste con Estados Unidos, cuyo presidente, apodado de manera manifiestamente abusiva por su antiguo adversario como «el durmiente», en tan solo 100 días ha adoptado y ejecutado importantes decisiones: un plan de estímulo por valor de 1,9 billones de dólares ya votado; un plan de infraestructuras de 2,3 billones de dólares; un plan de ayudas para las familias de 1,8 billones de dólares; sin olvidar la administración de la vacuna a más del 40% de la población estadounidense ni las futuras reformas fiscales.

Hasta tal punto que, este presidente estadounidense podría participar en la resolución de un problema europeo que colea desde hace décadas y que representa uno de los caballos de batalla de Francia: la armonización de los tipos del impuesto de sociedades y la lucha contra la competencia fiscal. Instaurar un tipo impositivo mínimo del 21% para las multinacionales estadounidenses, con independencia de las regiones geográficas en las que operen, dificultaría el mantenimiento de un impuesto de sociedades del 12,5% en Irlanda.

Pensemos lo que pensemos del programa implantado por Joe Biden y de sus consecuencias, sobre todo en términos de déficits e inflación, hay que reconocer que estos 100 primeros días constituyen una rehabilitación de la palabra política a través del rápido cumplimiento de las promesas electorales.

Tras un año 2020 en el que la economía estadounidense se ha visto mucho menos perjudicada por la crisis del coronavirus que la economía europea, el repunte se vislumbra aún más pronunciado al otro lado del Atlántico. El diferencial de crecimiento de la crisis financiera mundial de 2008 ya muestra un impresionante retraso del 17% con desventaja de la zona euro[2].

En la fábula de La Fontaine, lento y seguro se gana la carrera. En el caso de Europa, ¿no ha llegado el momento de, simplemente, empezar a correr?

[1] https://www.elysee.fr/emmanuel-macron/2020/05/18/initiative-franco-allemande-pour-la-relance-europeenne-face-a-la-crise-du-coronavirus
[2] Les Cahiers Verts de l’Economie