Entre la ambición y la realidad: Europa, frente a los retos del reciclaje de baterías
La quiebra reciente de Northvolt, el campeón sueco de las baterías para vehículos eléctricos, que se suma a la de Britishvolt en 2023, pone de relieve las dificultades a las que se enfrenta Europa para desarrollar una industria imprescindible para sus metas de electrificación y soberanía. La consolidación de una industria de reciclaje requiere inversiones a gran escala y la financiación de las innovaciones tecnológicas es decisiva para poder responder a los retos de la competitividad internacional.
Un marco ambicioso de economía circular
La idea parece sencilla. En un momento en el que la transición energética se acelera, el reciclaje de las baterías constituye un reto de primer nivel en Europa. Sin embargo, con el auge de los vehículos eléctricos y los dispositivos de almacenamiento de energía, la demanda de litio, cobalto y níquel se ha disparado[1]. Europa depende íntegramente de las importaciones de estos metales raros, cuya extracción y, sobre todo, refino están controlados en su mayor parte por China. El reciclaje se perfila como una solución para garantizar la soberanía europea, ya que garantiza el aprovisionamiento de su industria y, al mismo tiempo, limita la apertura de minas[2], cuyo impacto medioambiental local podría ser importante.
Para paliar esta dependencia, la Unión Europea ha aprobado regulaciones estrictas. Un reglamento relativo a las baterías y a sus residuos fija desde 2023 objetivos de recogida y valorización de estos materiales. Así, a partir de 2028 deberá reciclarse el 50 % del litio y el 90 % del cobalto y el níquel contenidos en las baterías. También se prevén niveles mínimos obligatorios de contenido reciclado en las nuevas baterías industriales. Este marco regulatorio persigue un doble objetivo: abrir un mercado de reciclaje atractivo para las empresas industriales y, al mismo tiempo, crear un círculo virtuoso de producción y consumo.
Retos tecnológicos y económicos
El reciclaje de las baterías es un proceso complejo y costoso que plantea diversos retos. En primer lugar, la disponibilidad de materias primas para alimentar las fábricas. Sin embargo, existe un desfase de unos diez años entre la producción de la batería y el fin de su vida útil, lo que implica que las primeras fábricas deben funcionar con desechos de producción. A ello se añade una industria de vehículos eléctricos que apenas consigue despegar en Europa y que se enfrenta a problemas de competitividad. Por último, existe incertidumbre en torno a la composición química adoptada mayoritariamente en las baterías —níquel-cobalto-manganeso (NMC) o litio-hierro-fosfato (LFP)— y cuyo valor residual puede ser duplicarse e incluso triplicarse.
Estructurar el ecosistema
Aunque los retos son elevados, como lo demuestra el abandono o el aplazamiento de la financiación de grandes proyectos por parte de Suez, Eramet, Stellantis o incluso Orano, algunos actores los han abordado con el fin de hacer progresar esta industria e implicarse en una economía circular virtuosa. Así, en junio de 2025 la start-up francesa Battri inauguró su primera planta de reciclaje. Su objetivo es extraer la denominada black mass de las baterías. Este polvo negro, en el que se mezclan minerales y metales, constituye el primer eslabón del reciclaje. Después, este material se vende a empresas industriales para ser refinado y utilizado en la creación de nuevas baterías.
Aunque las start-ups, por su estructura de costes optimizada y su agilidad operativa, se adaptan fácilmente a las fluctuaciones de este mercado incipiente, algunos actores cotizados también están desarrollando esta especialización. Veolia, empresa especializada en el tratamiento de residuos, dispone de cuatro plantas capaces de procesar hasta 30 000 toneladas de baterías, de la recogida al refino, lo que supone casi 100 000 baterías de vehículos eléctricos. Otro ejemplo es Derichebourg, que ha anunciado en mayo una alianza con el fabricante coreano de baterías LG.
Si bien el reciclaje de batería está todavía dando sus primeros pasos, constituye actualmente un eslabón esencial de la transición energética. Es fundamental apoyar a las empresas para que puedan afrontar este reto.
