El entrelazamiento que viene
Cuando todavía están propagándose los efectos de la deflagración que ha supuesto la IA, ya se recorta en el horizonte una nueva revolución: la informática cuántica. De aquí a la próxima década, esta tecnología podría transformar profundamente el ámbito digital, tanto para bien —por su capacidad para abordar problemas de una complejidad sin precedentes— como para mal —si su formidable poder cae en manos de actores malintencionados—.
Lo que trae de revolucionario es sencillo en sus principios. La informática clásica se basa en bits, que son unidades de información binaria (0 o 1) independientes las unas de las otras, como monedas que caen por la cara o por la cruz. Por el contrario, la informática cuántica utiliza cúbits, que pueden existir en varios estados simultáneos (cara y cruz), lo que se conoce como superposición. Además, dos cúbits que han interactuado pueden mantener la correlación en determinadas condiciones; así, los estados de uno se reflejan inmediatamente en el otro. En este caso, se les denomina entrelazados. Así, varios cúbits que estén a la vez superpuestos y entrelazados bastan para explorar simultáneamente un gran número de posibles configuraciones. El salto no solo es cuantitativo; cambia la naturaleza misma del cálculo y permite abordar problemas que hasta ahora estaban fuera de nuestro alcance. Aunque el principio es fácil de entender conceptualmente, su aplicación sigue siendo compleja. Los sistemas cuánticos funcionan a temperaturas cercanas al cero absoluto (-273 °C) o ligeramente superiores, aislados de la más mínima perturbación. Por lo tanto, en el momento actual no puede plantearse ningún uso a gran escala, pero con tiempo y capital, estas barreras deberían caer.
Por ello, los Estados y las empresas están acelerando sus inversiones: el dominio de esta tecnología, capaz de amenazar la técnica de cifrado más habitual, supondrá una ventaja estratégica decisiva. El prioridad es contrarrestar el riesgo de una descodificación masiva mediante la informática cuántica. En particular, EE. UU. y la Unión Europea están urgiendo a las entidades financieras y a las infraestructuras críticas a preparar la transición hacia soluciones de cifrado poscuánticas de aquí a 2035. Los grandes grupos tecnológicos (IBM, Alphabet, Microsoft, Amazon…) están estructurando el ecosistema, mientras que los actores más especializados, incluidas empresas europeas como Thales, ID Quantique o PQShield, están desarrollando componentes críticos, sobre todo en ciberseguridad. Estas perspectivas prometedoras tienen su reflejo en las bolsas: el índice MarketVector Global Quantum Leaders registra un avance interanual de casi el 70 %[1].
El liderazgo no es exclusivo de Occidente. China parece estar especialmente avanzada en materia de infraestructuras de comunicación cuántica, sobre todo a través de las redes de larga distancia y los satélites[2]. La carrera por la tecnología cuántica se inscribe, por tanto, en una competencia estratégica global, que es una prolongación de la que ya se libra en los ámbitos de la inteligencia artificial, los semiconductores o los sistemas de armamento.
Más allá de la emergencia en materia de seguridad, la informática cuántica promete a largo plazo potenciar el valor de sistemas económicos complejos, como, por ejemplo, ciertas optimizaciones de carteras financieras, la modelización de nuevas moléculas a medida, la gestión de las redes energéticas o la gestión de las cadenas logísticas globales. Los beneficios económicos y sociales prometen ser aún mayores, ya que se verán potenciados paralelamente por el auge de la IA. Allí donde la IA destaca en el análisis estadístico, la tecnología cuántica podría ampliar espectacularmente el abanico de soluciones explorables. De su convergencia podría surgir una nueva generación de sistemas híbridos, con un gran potencial de rendimiento. El resultado será un mundo más «entrelazado», tanto en el sentido cuántico como en el figurado: más complejo pero mejor controlado, donde las nuevas formas de fragilidad serán abordadas por la propia revolución que les habrá dado origen.
Indudablemente, se perfila un nuevo campo de oportunidades, pero para los agentes económicos, que a diferencia de las partículas no pueden jugar a cara y cruz, la creación de valor describirá una trayectoria tan emocionante como sorprendente, llena de «saltos cuánticos».
Terminado de redactar el 5 de junio de 2026
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[1] En dólares, a finales de mayo.
[2] Como pone de relieve el think tank bipartidista estadounidense CSIS
