Cuestión de confianza
Hace unos meses, los récords encadenados por la bolsa estadounidense copaban los titulares de la prensa financiera. En las últimas semanas, el verde ha dado paso al rojo intenso en los gráficos de rentabilidad, pero Wall Street sigue marcando hitos históricos. Tras los aranceles anunciados por Donald Trump el denominado «Día de la Liberación», el S&P 500 se desplomó un 10,5 % en 2 días, la mayor caída en un periodo tan corto desde el COVID. Este fenómeno solo se ha observado cinco veces desde la década de 1930. El 8 de abril, el índice estrella de la bolsa estadounidense experimentó uno de los giros más bruscos de su historia al ganar un 4 % en las primeras horas de negociación antes de caer casi un 3 % poco antes del cierre. Al día siguiente, tras el anuncio del presidente estadounidense de una pausa de 90 días en los aranceles «recíprocos», el Nasdaq se disparó un 12 %, la tercera mayor subida diaria de la historia. Durante la sesión del día siguiente, el índice borró temporalmente dos tercios de este rebote histórico.
Esta vertiginosa montaña rusa deleita a los traders tanto como desespera a los inversores a largo plazo, pero, sobre todo, es una señal de que los actores del mercado han perdido totalmente el rumbo. Y también la confianza, como demuestra el comportamiento de los activos refugio. El viernes pasado, el oro superó la barrera de los 3200 dólares la onza y marcó nuevos récords, mientras que el yen superó la barrera de las 143 unidades por dólar, un nivel que no se veía desde septiembre de 2024, cuando los temores a una inminente recesión en EE. UU. estaban en su punto álgido. La misma lógica se aplica al franco suizo, que ha alcanzado su nivel más alto frente al billete verde desde la crisis de la deuda pública de 2011.
Esta pérdida de confianza de los inversores se debe, obviamente, a la total falta de visibilidad creada por las erráticas políticas de Donald Trump, pero también es un reflejo de la incertidumbre en la que se encuentran sumidas las empresas, que tiene un impacto mucho más profundo. Aunque para un Goldman Sachs es ciertamente desagradable tener que revisar su escenario económico[1] en el espacio de unas pocas horas, eso son solo palabras. No le resulta tan sencillo a una empresa que ya ha cancelado pedidos, acumulado inventarios previstos o ajustado su plantilla. ¿Cómo puede un empresario hacer la más mínima previsión, definir el más mínimo plan estratégico o aplicar la más mínima hoja de ruta cuando las reglas del juego pueden cambiar en cuestión de días hasta alcanzar proporciones absurdas? A medida que avanza la tradicional temporada de resultados trimestrales de las empresas, podemos imaginar la consternación de los directivos cuando se pongan a actualizar sus previsiones para el año, o incluso solo las del trimestre siguiente.
La mayor amenaza por la economía, más que el efecto directo de unos aranceles más elevados, es quizá esta pérdida de confianza, una de cuyas consecuencias es el inmovilismo. Y no hay nada peor para la economía que unas empresas y unos hogares paralizados por la indefinición que dejan de invertir y consumir. La pausa de 90 días en los aranceles recíprocos anunciada a bombo y platillo por Donald Trump no cambia nada. Por un lado, debido a la escalada con China en paralelo al aplazamiento para el resto de los países, el tipo medio de los aranceles en EE. UU. se mantiene en torno al 25 %. En segundo lugar, porque los 90 días que supuestamente permitirán cerrar acuerdos comerciales en realidad no hacen más que alargar el periodo de incertidumbre. Las empresas y los inversores son capaces de adaptarse a todas las situaciones, incluso a las más desagradables, pero necesitan un mínimo de visibilidad. Sin visibilidad, no puede haber confianza. Y sin confianza, la prudencia seguirá estando a la orden del día, tanto en el comportamiento de las empresas como en el de los mercados.
