El cerco sobre la deuda pública
Desde los estruendosos anuncios del Liberation Day, la mayor parte de las clases de activos ha borrado los violentos movimientos de comienzos de abril. ¿Todas? Menos dos: el dólar y los bonos estadounidenses a largo plazo. Esta situación pone de relieve, por un lado, la desconfianza hacia el billete verde y, por otro, los temores que despierta la sostenibilidad de la deuda estadounidense. El dólar sigue perdiendo terreno claramente, tanto si se mira a través del cruce con el euro como frente a una cesta de monedas ponderada por los intercambios comerciales estadounidenses, mientras que el bono a 30 años de EE. UU. ha franqueado el umbral simbólico del 5 %, circunstancia que podría haber provocado el volantazo de Trump en forma de tregua.
En los mercados financieros, las grandes tendencias se mueven al son de argumentarios cambiantes, como el de la excepcionalidad estadounidense a finales de 2024 o la guerra comercial en 2025. Mañana, podría ser el discurso de la sostenibilidad de la deuda estadounidense.
Entre 2022 y 2024, con un déficit anual medio de más del 6 % frente al PIB y un crecimiento vigoroso del 2,7 %, la economía estadounidense pareció estar dopada con déficit público, como un ciclista a finales de los años 1990. Aquí acecha otro problema, ya que el lastre de los intereses no deja de aumentar: de un promedio del 1,5 % durante dos décadas, se ha disparado desde la crisis de inflación posterior al COVID y supera actualmente el 3 % del PIB.
En este momento, en el Congreso se negocian las líneas maestras de los presupuestos de 2026, bautizados por Donald Trump como Big Beautiful Bill. En el lado de los gastos, la tendencia es de adelgazamiento: aunque las funciones clave (defensa, policía, justifica) reciben atención, el paraguas del estado del bienestar parece estar condenado a la sequía. En el lado de los ingresos, el cuadro está menos claro. Se recortan los impuestos y las tasas que pagan los hogares y las empresas con la esperanza de que el aumento de los aranceles permita financiar estas rebajas fiscales, pero parece difícil que esta ecuación pueda resolverse. Es cierto que los aranceles cobrados alcanzaron un récord en abril, pero no aguantan la comparación con las rebajas de impuestos que se prevén.
Por otro lado, los ingresos están estrechamente ligados al vigor del crecimiento económico, ya que están indexados a los beneficios, a los ingresos o al consumo. Aunque ahora la hipótesis de una recesión en 2025 parece menos probable, lo cierto es que es mucho más plausible una ralentización, algo que lastrará los ingresos fiscales.
Con una deuda total próxima al 100 % del PIB y un déficit estructural elevado que podría agravarse aún más, no se puede descartar el riesgo de que ese proyecto de ley de presupuestos Big Beautiful Bill se transforme en una gran y hermosa factura que estreche un poco más el cerco sobre la deuda pública y obligue a la administración federal a una gestión más rigurosa.
Terminado de redactar el 16.05.2025│ Clément Inbona, gestor de fondos de La Financière de l’Échiquier (LFDE)
