Alexis Bienvenu

Salvaguardar el potencial

En 2024, las elecciones se suceden y no se parecen entre sí: en el Reino Unido, el partido laborista se ha impuesto a un partido conservador expulsado del poder después de 14 años de reinado; en Francia, como en muchos otros países europeos, ocurre lo contrario y es la extrema derecha la que gana posiciones.

Sin embargo, estos cambios presentan una característica común: el rechazo frontal a los que gobiernan, un fenómeno que no es exclusivo de Europa. En EE. UU., el retorno del trumpismo, a pesar de los reveses sufridos por su líder, se inscribe en la misma lógica.

Esta desconfianza ante el poder obedece ciertamente a factores locales, pero algunos son comunes a todas estas situaciones. Concretamente, como se observa en Europa, hunden sus raíces en un fuerte sentimiento de frustración económica, expresado en forma de pérdida de poder adquisitivo.

Este sentimiento puede explicarse en parte por la inflación, pero esta no deja de ser transitoria. Una causa más profunda, pero menos visible, está actuando desde hace mucho más tiempo: la ralentización estructural del crecimiento. Es cierto que sigue siendo positivo a escala mundial y supera el 3 % de media en los últimos 10 años, pero el hecho es que está ralentizándose. En opinión de la mayoría de los economistas, a menos que se apliquen reformas muy enérgicas, está predestinado a seguir frenándose, lo que augura no pocos sinsabores a los nuevos elegidos en las urnas.

En fechas recientes, el Banco Mundial expuso claramente las claves de este declive estructural[1]. Se origina en la erosión —en parte reversible— de las fuentes de crecimiento potencial: caída del ritmo de crecimiento de la población activa en todo el mundo y descenso estructural de la inversión productiva y la mejora de la productividad laboral. Otros factores, sobre los que este estudio pasa de puntillas, podrían agravar este diagnóstico, sobre todo el impacto del calentamiento global, que podría tener consecuencias mucho más dramáticas de lo que prevén los modelos citados habitualmente. Un estudio publicado recientemente por la Oficina Nacional de Investigación Económica (National Bureau of Economic Research)[2], que todavía necesita ser validado por la comunidad de economistas, ha sembrado la duda al estimar que un aumento de la temperatura de un grado podría restar al PIB mundial un 12 % en seis años (con un grado de confianza estadística del 68 %), es decir, seis veces más de lo que se había evaluado hasta ahora.

Para contrarrestar esta erosión del crecimiento y el descontento social que provoca, los gobiernos a menudo han tendido a sostener la demanda, principalmente por medio del endeudamiento público, pero este recurso será cada vez más difícil de activar, ya que el endeudamiento público se acerca ya a cotas insostenibles. Además, estimular la demanda no basta, ya que el efecto solo es puntual. De acuerdo con el Banco Mundial, una solución duradera podría ser un refuerzo de los factores de producción: aumento de la inversión productiva y aumento de la cantidad total de trabajo (recurriendo también a la inmigración, por ejemplo, que en general aporta al crecimiento) y de su productividad. Sin embargo, para eso hace falta todavía movilizar muchas energías, tanto de los que votan como de los que financian. Esta tarea se presenta ardua, ya que este tipo de medidas parece, en general, menos popular que los estímulos a la demanda.

Para los mercados, la consecuencia de este crecimiento en declive estructural, si los economistas están en lo cierto y si no se emprenden las reformas drásticas, es evidente. A menos que las empresas puedan aumentar sus márgenes, lo que parece difícil, a juzgar por el nivel históricamente elevado en el que se mueven, las rentabilidades futuras de las acciones corren el riesgo de reducirse paulatinamente. No obstante, esta tendencia solo es válida para la media y no cabe aplicarla a todas las acciones. Individualmente, o en grupos, algunas empresas especialmente dinámicas destacarán. El grupo de los Siete Magníficos[3], que domina el mercado desde hace dos años, nos ofrece un ejemplo que variará con el tiempo. Ilustra el hecho de que el mundo, sobre todo el industrializado, está convergiendo hacia un crecimiento bajo, puede que nulo a muy largo plazo, pero algunas empresas seguirán sacando tajada. La tarea de la gestión activa de fondos será identificarlas a tiempo, no solo para beneficiarse de las fuentes de rentabilidad que existan, sino también para sostener la inversión en las fuentes de un crecimiento escaso. En determinadas condiciones, la protección del crecimiento potencial irá de la mano de la preservación de la rentabilidad bursátil, al menos en algunos segmentos.

 

 

Terminado de redactar el 05.07.2024. Por Alexis Bienvenu, gestor de fondos de La Financière de l’Echiquier (LFDE).

 

 

Las opiniones expresadas pertenecen al gestor. En ningún caso darán lugar a responsabilidades por parte de LFDE.
[1] Falling Long-Term Growth Prospects. Trends, Expectations and Policies, por M. Ayhan Kose y Franziska Ohnsorge, World Bank Publications, 2024. Resumen en el comunicado de prensa en francés: https://www.banquemondiale.org/fr/news/press-release/2023/03/27/global-economy-s-speed-limit-set-to-fall-to-three-decade-low
[2] A. Bilal y D.R. Känzig, The macroeconomic impact of climate change: Global vs local temperature, NBER Working Paper 32450, mayo 2024.
[3] Expresión que designa siete valores del sector tecnológico estadounidense, líderes en su actividad, cuya trayectoria bursátil es excepcional y cuya capitalización ha adquirido un tamaño considerable. Son Alphabet, Amazon, Meta, Apple, Microsoft, Nvidia y Tesla.