El orden en el caos
El caos reina en Washington, donde los anuncios de aranceles a las importaciones vuelan en todas direcciones, de forma a veces imprevisible. En la última andanada, los productos brasileños se han visto golpeados por un gravamen del 50 % a partir del 1 de agosto, ¡a pesar de que EE. UU. mantiene un superávit comercial con el país! He ahí la confirmación, si quedaba alguna duda, de que la lógica económica tiene poco peso en las decisiones que se toman en Washington.
Sin embargo, el mercado está asistiendo impertérrito al espectáculo. En el mes transcurrido hasta el 10 de julio, la renta variable estadounidense sube más de un 4 %, las acciones emergentes ganan algo menos y las bolsas europeas se mantienen estables.
La primera explicación es que el mercado no se cree los anuncios de aranceles. Después de haber aprendido de la experiencia vivida el pasado mes de abril, con motivo del anuncio surrealista de «aranceles recíprocos», que las medidas, incluso las reiteradas con más fuerza, podían cuestionarse al día siguiente o aplazarse sine die, los inversores ya no prestan tanta atención a los anuncios presidenciales. Lo que hacen es esperar a que la lógica económica se imponga en el último momento. Así, la bolsa brasileña tan solo se dejó unos pocos puntos porcentuales tras el sorpresivo anuncio de aranceles del 50 % y se mantiene estable a un mes, mientras que el mercado del cobre americano, amenazado también con aranceles del 50 %, actualmente no recoge más que una parte del sobrecoste debido a estos recargos. Implícitamente, los actores de este mercado no parecen prever una aplicación íntegra de este impuesto. A decir verdad, aplicarlo parece contraproducente, ya que golpearía de lleno al consumo de cobre importado a EE. UU., que es vital en numerosos ámbitos. De hecho, el cobre no solo es indispensable para la fabricación de automóviles o infraestructuras eléctricas, sino también para la construcción de los centros de datos informáticos que sustentan el crecimiento estadounidense. Por lo tanto, esta tasa lastraría la productividad nacional. Sin embargo, en Washington el discurso de la autonomía a largo plazo en el ámbito de los metales industriales se impone a todo, pese a que se necesitan años, por no decir décadas, para poner una mina en explotación. Mientras tanto, las necesidades no harán sino aumentar a priori, sobre todo si la construcción se ralentiza, lo que aleja la perspectiva de una autonomía que parece, pues, ilusoria.
Otra explicación: el mercado ya sabe qué terreno pisa y se organiza en este caos, sobre todo contando con la capacidad de adaptación de las empresas para reorganizar sus abastecimientos o compensar los sobrecostes. Al igual que los tornados son estructuras estacionarias que emergen de las perturbaciones meteorológicas, a condición de recibir energía térmica y disipar el desorden (denominado en este caso «entropía»), el mercado actual emergería del caos trumpista alimentándose de la energía procedente de los flujos compradores de Wall Street. Una estructura de estas características, denominada «disipativa», puede mantenerse mientras reciba energía. En esta imagen ciertamente aproximativa, el vórtice de los mercados podría durar mientras los inversores y las empresas se muestren ávidos de acciones, algo que ocurre en tanto en cuanto los mercados suban. Del caos surge, pues, un orden.
El inconveniente de este fenómeno es que un Wall Street al alza ya no desempeñaría el papel de línea de defensa contra los volantazos del despacho oval. En contraste, el hundimiento del mercado, sobre todo de renta fija, tras el anuncio de los aranceles denominados «recíprocos» había contribuido ciertamente al cambio de postura del presidente, que al cabo de varios días concedió plazos de negociación y suavizó el tono. Si ahora el mercado ya no cae de forma acusada cuando se anuncian nuevos aranceles, ¿qué fuerza podría contener al presidente estadounidense? Las organizaciones internacionales no tienen ninguna influencia sobre él. Los jueces federales estadounidenses, que han intentado intervenir esgrimiendo el derecho, han visto limitado su poder por el Tribunal Supremo, a su vez ampliamente controlado por el jefe de los Republicanos. En cuanto a la Reserva Federal de EE. UU., último muro de defensa de los mercados, es cierto que la entidad se mantiene independiente en su discurso, que es potente. Sin embargo, además de que no tiene ningún poder en materia arancelaria, está siendo objeto de una campaña de desestabilización continua por parte de la Casa Blanca, que no oculta que el próximo presidente de la Fed asumirá el discurso trumpista. Por lo tanto, ningún poder parece en disposición de contener el huracán trumpista.
Ninguno… salvo la propia economía. Si esta terminase por evidenciar un claro deterioro, como cabe temer debido al aumento de los aranceles, podría actuar como un llamamiento a la lógica económica, pero este proceso solo podrá desarrollarse de forma estrepitosa. Así, un caos engendraría otro, pero de otra forma, posiblemente preferible a largo plazo.
