Olivier de Berranger

Informe Semanal del 01/08/2022

El Banco de Japón, en aprietos

A rebufo de las presiones inflacionistas mundiales, todos los bancos centrales, con apenas algunas excepciones, están orientando sus políticas monetarias hacia un mayor endurecimiento y librando una batalla sin cuartel contra las alzas de los precios. La Reserva Federal estadounidense, por ejemplo, acaba de subir sus tipos un 0,75 % por segunda vez consecutiva, lo que constituye un movimiento muy inusual. Entre las excepciones que mencionábamos se encuentra el Banco de Japón, que no ha variado el rumbo y mantiene una política monetaria ultraexpansiva a pesar de que la inflación comienza a morder en su parcela y que el yen está muy bajo frente al billete verde. ¿Cuál es la explicación?

La razón hay que buscarla en parte en la historia: Japón sufre desde hace 30 años un largo periodo de estancamiento y deflación originado por las diferentes crisis que han asolado su economía tras el estallido de la doble burbuja especulativa —bursátil e inmobiliaria— a partir de 1990. Esta situación inédita llevó al banco central nipón a responder con medidas de la misma magnitud, denominadas no convencionales. En primer lugar, la entidad recortó los tipos de referencia hasta el cero y posteriormente puso en marcha el primer programa de compra de activos, conocido con el nombre de Qantitative Easing (QE), con vistas a inyectar liquidez. A resultas de ello, Japón se enfrenta a una deuda pública estratosférica que asciende al 250% del PIB. Este pesado lastre deja muy poco margen de maniobra. De hecho, el gobierno japonés no puede permitirse a día de hoy soportar un coste de servicio de la deuda elevado. Por consiguiente, el Banco de Japón adopta una política de control de la curva de rendimientos consistente en comprar activamente deuda pública con el fin de poner un techo muy bajo a los rendimientos.

El retorno actual de la inflación a Japón crea una situación que dista de ser alarmante, dado que su nivel sigue siendo muy moderado (inferior al 3%) y los salarios suben de forma controlada. Esta evolución puede incluso ser considerada como una buena noticia por el Banco de Japón, ya que se trata de una configuración que llevaba años buscando. Por otro lado, si analizamos la inflación japonesa en detalle, las variaciones de los precios se deben esencialmente a parámetros exógenos volátiles, como los precios de la energía y los productos agrícolas. Puesto que las presiones sobre los precios relacionadas con la demanda mundial de materias primas empiezan a emitir señales de debilidad, esta inflación podría difuminarse dentro de varios meses o trimestres.

Sin embargo, esta inflación, que básicamente es importada, a todas luces no puede considerarse como sana, ya que no es consecuencia de un crecimiento fuerte ni de la demanda interna. El otro parámetro inquietante es la moneda japonesa, que ha marcado recientemente su nivel más bajo en 24 años frente al dólar, una situación que se debe a la brecha, que hasta ahora no ha dejado de ampliarse, entre la política monetaria nipona y la de la Fed. Si el debilitamiento del yen persiste, podría generar más inflación y, al mismo tiempo, ralentizar la economía japonesa, que lucha para recuperar su nivel anterior al COVID.

En suma, el Banco de Japón se enfrenta a un dilema grave: mantener su política de control de la curva de rendimientos a la espera de que la inflación decaiga o subir tipos aun a riesgo de deteriorar una dinámica económica de por sí renqueante. Una cosa es cierta: el banco central del país del sol naciente da la impresión de que asume completamente este retraso a la hora de actuar, como el BCE. En este sentido, ¿no está prefigurando el cerco estructural que se estrecha sobre los bancos centrales de los países del G7, cada vez más prisioneros de los tipos bajos? El BCE mantiene los tipos en el cero con una inflación del 8,6%. La propia Fed, que acaba de subir los tipos hasta el 2,50 %, comienza a modular su discurso con una inflación del 9,1 %. ¿Pueden los países desarrollados en su conjunto permitirse subir los tipos de forma duradera, pero sobre todo eficaz? El futuro lo dirá, pero la deuda es lícita.

Terminado de redactar el 29.07.2022. Olivier de Berranger, director de gestión de activos y director de operaciones de La Financière de l’Echiquier

 

En pocas palabras

¿Hacia una relajación del endurecimiento? Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, anunció el miércoles pasado una subida de su tipo de referencia del 0,75 %, para dejarlo en una horquilla comprendida entre el 2,25 % y el 2,50 %. Esta decisión se esperaba, pero también estuvo acompañada de un discurso tranquilizador sobre la solidez de la economía frente al riesgo de recesión y una modulación del tono empleado para hablar de las futuras alzas de los tipos. El máximo responsable de la Fed mencionó, en efecto, que el ritmo de endurecimiento podría frenarse en septiembre, aunque tampoco se descarta completamente la posibilidad de un endurecimiento igual de fuerte. El mercado se ha quedado, sobre todo, con la modulación hacia una mayor relajación.

Recesión, pero no del todo. El dato preliminar del PIB estadounidense en el segundo trimestre de 2022 se situó en el -0,9 % en tasa anualizada, que se suma al retroceso del 1,6 % (confirmado) del trimestre anterior. Se trata de un debilitamiento notable de la dinámica en dos trimestres que coincide con la definición técnica de recesión, aunque sin presentar todas las características. Uno de los últimos grandes pilares de la economía que resiste es el mercado laboral, que sigue creando empleo a buen ritmo y mantiene el paro en un nivel muy bajo.

 

 

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